Javier Hermoso de Mendoza
Javier Hermoso de Mendoza
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Nota: Este artículo fue publicado en cuatro entregas, a lo largo de los meses de octubre y noviembre de 2003, en los números 270, 271, 272 y 273 de la revista Calle Mayor.

"Hablando de los cañones que figuraban en el escudo de Guipúzcoa, en el escrito los atribuyo a la batalla de Beotibar. Es un error, pues fue un trofeo conseguido en la Batalla de Velate. Esta batalla fue como sigue: un ejercito compuesto de franceses y navarros al mando de Juan III de Albret, rey de Navarra, y el general La Palice, penetro en octubre de 1512 para intentar recuperar Navarra, la cual estaba en poder de tropas castellanas y navarras. Ese ejército no consiguió entrar en Pamplona y, aproximándo el invierno, cuando se retiraba a Francia fue derrotado en Velate por tropas de montañeses guipuzcoanos y navarros, los cuales le causaron más de 1.000 muertos y capturaron 12 piezas de artillería que por privilegio de la reina Juana la Loca de Castilla pasaron a figurar el escudo de Guipúzcoa, y en él permanecieron hasta poco después de la aprobación del Estatuto de Guernica.

La Batalla de Beotibar fue uno de los episodios más sangrientos entre navarros y guipuzcoanos, los cuales habían ocupado en 1321 la población navarra de Gorriti. El Gobernador de Navarra, el francés Ponz de Mortagne, quiso recuperarlo y a la vez escarmentar a los guipuzcoanos. Con numerosa hueste, encabezada por los merios de las Montañas (Juan López de Urroz) y de Tierra Estella (el francés Dru de Saint Pol), tras recuperar Gorriti entró en Guipúzcoa, incendió Berástegui, y cuando se acercaba al valle del Oria, en el desfiladero de Beotibar fue derrotado por los hombres de Gil López de Oñaz. Perecieron en la batalla el Alferez del Reyno y sus hijos, los dos merinos y muchos navarros y franceses. Esta victoria dio lugar a numerosas canciones populares, aún conservadas, y la danza que se baila en Tolosa (Guipúzcoa) el día de San Juan recuerda la batalla (G.E.N.)"

LAS AMÉSCOAS

No elegimos un buen día para visitar esta comarca de Tierra Estella. Cuando a media tarde, agobiados de calor regresamos a casa, los termómetros de la calle marcan los 39 grados a la sombra y, al mirarme al espejo, una frente del color de los cangrejos cocidos me muestra la implacable labor del astro rey. Es una visita que se queda a medio camino, en Zudaire, afectados por el contraste entre el calor de uno de los días más tórridos del verano con la fresca temperatura, producto de un potente aparato de aire acondicionado, conque nos acoge la cafetería del hotel. En su cercanía queda el fresco que proporcionan los falsos plátanos que sombrean el césped que se extienden junto al frontón, despreciados por la estúpida inercia de intentar combatir el calor con una caña en la mano.

Atrás dejamos lavaderos recuperados, y fuentes de agua cristalina que saciaron nuestra sed. Lo mejor de ellas es el conjunto que forma en San Martín, la fuente, los abrevaderos, y el lavadero. Otras tienen trampa: subiendo hacia el castillo de Eulate, una fuente con dos caños, de los que brota un hilillo de agua, no invita a saciar la sed hasta que una amistad nos enseña el truco: hay un tercer caño con un tapón que, al quitarlo, deja salir un buen chorro de fresca agua. Continuamos refrescados el paseo, no sin antes colocar el corcho para evitar que se vacíe el depósito, pensando que las Améscoas, en sentido metafórico, son el depósito que a través de la Mancomunidad alivia diariamente nuestra sed.

Las Améscoas, así, en plural, como aglutinante de lo que se conoce como Améscoa Baja y Améscoa Alta, es un nombre de reciente implantación, quizá para diferenciar la Améscoa Alta del valle alavés de Arana, con el que compartió nombre hasta el siglo XVI, y con el que forma una unidad geográfica en la que también hay que incluir los lugares de Ecala y San Martín, dependientes, siempre, de Améscoa Baja. Un pequeño y accidentado estrechamiento del valle señala la muga que separa alaveses de navarros, como puede apreciarse desde el mirador acondicionado sobre un vertedero clausurado. Es esta pequeña diferencia la que aprovecharon reyes, caballeros y jauntxos, allá por el siglo XII, para establecer la frontera, y, de esta manera, unas gentes que tenían casi todo en común, como buenos hermanos anduvieran a la greña y no dejaran de pelear durante cuatro largos siglos, robándose, matándose, e incendiando casas y cosechas.

El valle de Arana, nombre con el que se conoció históricamente a tres ayuntamientos navarros (Larraona, Aranarache y Eulate) y a cuatro lugares alaveses (Contrasta, Alda, San Vicente y Ulíbarri-Arana), es una redundancia (Arana, en vasco, significa El Valle) que también se utilizaba en la época en la que sus moradores se expresaban en vasco, y que aparentemente fue seccionada del topónimo que podía completar el nombre (El valle de...) Pero a mi corto entender, es una apariencia falsa: si el nombre de Navarra proviene de las "navas" o depresiones que forman los valles de Yerri, Guesalaz, La Berrueza, Lana, Campezo, Arana, Allín y Las Améscoas, los cuales, en tiempos del Príncipe de Viana se conocían como la "Navarra vieja", ¿qué impide que el valle por antonomasia de esa vieja Navarra fuera lo que se conoció como "val de Arana", y como tal "valle" fuera denominado entonces, conservando el nombre hasta ahora?

Caminando desde Álava, el peor trazado y asfaltado de la carretera nos advierte que hemos entrado en la antaño orgullosa red navarra, la cual nos adentra por aquella Navarra de frontera ("frontera de malhechores", le decían) mimada y ennoblecida por nuestros reyes para compensar el esfuerzo cotidiano que tenían que desarrollar sus habitantes, combinando el pastoreo y la defensa del patrimonio y del Reyno contra la codicia del Señor de Lazcano, acechante desde la cercana Contrasta. Fue una frontera que, a pesar de la orografía, sufrió el constante embate de unas gentes empeñadas en cambiarla para así aumentar sus dominios. Los apeos de las mugas tenían un hito inalterable en la "Peña Horadada", impresionante oquedad en la roca sobre la "peñera " de la Barranca, al estilo del paso de San Adrián entre Álava y Guipúzcoa. Otro hito, no tan sólido, era el llamado "roble hermoso", del que sólo queda constancia escrita porque alaveses y navarros se empeñaron en quemarlo para así alterar la muga a conveniencia. Quizá fruto de aquellas peleas, y en beneficio de Améscoa, la actual muga de Las Limitaciones se adentra en la sierra de Encía describiendo una línea curva a lo largo de sus nueve kilómetros de linde.

Las calles de Larraona y Aranarache nos ofrecen un paseo por el medievo. Son edificios del XVI, la mayoría, que conservan en sus fachadas los pequeños y desnudos escudos que representan la nobleza antigua, en contraste con los recargados blasones que se colocaron siglos más tarde. Son casas nobles, con amplios cubiertos y, en algunos casos, con grandes aleros esquinados que protegen amplias superficies. Por sus eras y jardines caminamos con total libertad, disfrutando de una paz esplendorosa que de calma chicha a marejadilla pronto cumplirá cinco siglos, en contraste con otros tantos anteriores de mar gruesa y temporal.


Aranarache, edificio típico
Aranarache, edificio típico.

Aprovechando la hospitalidad del valle, con la paz del siglo XV llegó una pacífica invasión de alaveses, guipuzcoanos y vizcaínos que, sin más mérito que el ser originarios de "Las Provincias", obtuvieron un reconocimiento de hidalguía que gravitó sobre el resto de la población, y alcanzaron un status que muchos de ellos no tenían en su lugar de nacimiento. Llegó a darse el caso de personas sin patrimonio personal y con oficio de los considerados serviles, que alcanzaron la condición de hidalgos por el sólo hecho de haber nacido en Guipúzcoa, y que, al carecer de armas propias, adoptaron las de su provincia de origen, de manera que los doce cañones que los guipuzcoanos nos ganaron en la batalla de Beotíbar, y el rey de Castilla a cuyas órdenes tanto pelearon contra los navarros, y que con la llegada de la autonomía han desaparecido del escudo guipuzcoano, pueden verse en varios blasones amescoanos (también en Estella, San Nicolás 27) Aquellos alaveses, guipuzcoanos, y vizcaínos dejaron profunda huella, y hoy en día numerosos apellidos del valle, entre ellos los que consideramos más notorios e ilustres, proceden de aquellas tierras contra las que tanta pelea hubo, mientras que el linaje de los Améscoa, Eulate, Baquedano y Urra hace siglos abandonó el valle en pos de la fortuna que les ofrecía la administración de los Austrias, la milicia, la marina, o la carrera de las Indias. Este abandono del lugar de origen aún se da en nuestros pueblos, de manera que personas que se han valido de ellos para alcanzar notoriedad social o política, habiéndola conseguido se olvidan de la tierra sobre la que tomaron impulso.

Aunque el tiempo de máximo esplendor de esos linajes no es el mismo, sucediéndose en los cargos territoriales (Juan Périz de Baquedano fue en 1265 Alcaide de la fortaleza de Oro, junto a Salinas de Oro, cargo que en 1303 ocupó Remigio Pet de Améscoa, y en 1334 Pero Ferrándiz de Eulate) y traspasando zonas de influencia, intuyo que la rivalidad entre ellos pudo influir en la adscripción de los pueblos a dos valles distintos. Así, mientras los Eulate lucían su poder en la fortaleza del pueblo homónimo, desde el que se controlaba el puerto seco y el camino más corto entre Estella y la llanada alavesa (tengamos en cuenta que la actual carretera de Urbasa fue construida por las tropas de Zumalacárregui en la primera carlistada), los Baquedano establecían a escasa distancia una fortaleza, la de San Martín, que aún luce orgullosa su torre principal. De todos esos linajes, el de Urra, a pesar de ser el más antiguo fue el que menos gloria alcanzó. Se da la curiosidad de que la familia (Albizu de apellido; más tarde lo cambió por Urra) que en el XVI levantó el actual palacio, nunca residió en él, siendo habitado por renteros hasta que en el pasado siglo éstos adquirieron la propiedad.

Señor de San Martín era el Baquedano que defendió el castillo de Estella contra las tropas de Fernando de Aragón, abandonando en pos de sus reyes la tierra que le vio nacer, y muriendo en el exilio. Cuando años más tarde su viuda pudo recuperar la propiedad, privado el apellido, por su condición de perdedor y agramontés, del poder de antaño, el edificio devino en residencia de labradores, lo que evitó su ruina. No tuvieron tanta suerte las otras fortalezas. Desaparecido hace años "el Hipólito" de Eulate, de la fortaleza de los Álvarez de Eulate no queda más que unas lamentables ruinas corroídas por la hiedra y despojadas del escudo que hoy se puede contemplar en la fachada del Museo de Navarra, consecuencia última del incendio que ordenó el general Valdés en la primera guerra carlista, quizá como represalia por haber perdido la batalla de Améscoa, al frente de 25.000 hombres, contra los 5.000 voluntarios del Tío Tomás. Respecto al fuerte de Goyano, hace menos de un año, no pudiendo resistir tanto abandono, se derrumbó lo que quedaba de la fortaleza que en siglo XV levantó otro Baquedano. La causa del hundimiento de sus últimos lienzos fue el punto débil que ofrecía la chimenea construida por el interior del muro siguiendo el ejemplo que años antes popularizó Enguerrand III de Coucy en su famosa fortaleza del norte de Francia. Pero la causa principal de esas ruinas ha sido el abandono: primero, de los propietarios; después, de la Administración. Cuando leo sobre los millones que se están gastando en Tudela para adaptar a cámara oscura una torre del XVIII sin apenas historia, mientras se deja hundir tanto patrimonio en Tierra Estella, pienso que estamos sometidos a la injusticia de unos políticos que sólo piensan en las comarcas navarras como granero en el que conseguir los votos que los perpetúe en el poder o los acerque a él.

Olvidados están, para ellos, los tiempos en que los amescoanos se batían el cobre defendiendo el reino de Navarra, hasta el punto de que sólo pequeños restos quedan del románico en que construyeron sus primeras iglesias. En Larraona, una puerta románica con sencillas esculturas y sendas figuras humanas adosadas a los fustes de las columnas, que unas encantadoras vecinas nos advirtieron de su existencia y nos la mostraron. En San Martín, unos elementales y esquemáticos grabados conservados en un dintel barroco, así como un hombre con un cuchillo junto a un feroz león, y otro llevando con un cordel a un ternero, pueden verse en el exterior del ábside de la iglesia. Poco más se conserva de aquella época, a excepción de tres estelas en Larraona, mientras que las diez que había en la iglesia vieja de Eulate están expuestas en el Museo de San Telmo, en San Sebastián.

No es nada la ferocidad de ese león de piedra, comparada con la de los lobos que durante siglos aterrorizaron a los ganaderos de la sierra. El último lobo, un frío diciembre de 1923 fue muerto por otro León, Aramburu de apellido, mientras apostado en Zumbelz esperaba al jabalí. Mi padre contaba la impresión que le causó cuando fue expuesto en Estella, en el edificio en que hoy está el Pigor, que en aquellos tiempos fue cine ocasional cuyas películas mudas amenizaba con el piano y comentaba Estanislao Sola, alias "Bocha". Hijo de este León Aramburu fue aquel alguacil del que se comentaba la anécdota de que al ser preguntado por la Casa Consistorial, serio contestó que en Estella había varias clases de casas, pero que Consistorial no había ninguna.


Aranarache, escudo con las armas de Guipúzcoa
Aranarache, escudo con las armas de Guipúzcoa.

Aquella capacidad de integrar que tuvieron los amescoanos sufrió un parón en el siglo pasado. No se puede decir que hasta entonces vivieran en la riqueza. Tuvieron que soportar, como todos, tiempos muy duros, esclavizados por una agricultura y una ganadería cicatera que complementaban con el duro trabajo de las carboneras. Pero cuando en los años cincuenta del pasado siglo subió el valor del ganado y la madera alcanzó la cotización más alta, no supieron prever el futuro y se limitaron a repartirse el fruto de sus montes sin establecer las bases que les permitieran un desarrollo que evitara la emigración de sus jóvenes. Las veinticinco mil pesetas que como producto de "las suertes" llegaron a repartirse en aquellos años (todo un salario industrial), fueron pan para hoy y hambre para mañana. Así, en 1986 tenía Améscoa Alta los mismos habitantes que cien años antes, con la diferencia de que entonces abundaban los jóvenes y hoy la mayoría son viejos.

Toda moneda tiene su cara y su cruz, y el progreso cobra un peaje que posturas miopes lo encarecen en exceso. Los pueblos pequeños conservan su encanto (en gran parte a través de familias que residiendo en la capital buscan lo auténtico para pasar el fin de semana) a costa de pagar el duro tributo de unas poblaciones envejecidas que anuncian la desaparición de esas poblaciones. En cambio, los que por su centralidad (Zudaire) o por tener industrias (Eulate) han desarrollado una mayor actividad, han perdido gran parte de su belleza al salpicar su casco urbano por construcciones estandarizadas que igual se levantan en Améscoa o en Cadreita. Cada época ha tenido su estilo, y ese estilo siempre ha sido rompedor con todo lo anterior. Pero antes se hacían las cosas con más gusto. Pienso en la "Villa Madrid", que desde 1888 preside el centro de Eulate. Tiene su encanto, y no desentona a pesar de estar levantada con un volumen y un estilo que nada tiene que ver con el valle. Nada parecido podremos decir, dentro de un tiempo, de todas esas viviendas que se están construyendo en base a un diseño que parece adquirido en mercadillo y ha sido trazado valiéndose de un programa de ordenador que sólo cambia algún detalle, evitando, así, que el arquitecto muestre su supuesta valía, mientras que con poco gasto saca del estudio proyectos como churros. Acepto que se debe respetar la libertad de diseño, pero ya que sus honorarios son tan altos, ¿no se les debería exigir un mínimo respeto al entorno y un poco de buen gusto?

Cuando una fruta madura en exceso, cae del árbol y sólo sirve para alimento del ganado. De una sociedad que llega a la madurez y no tiene la renovación de sangre que representa la juventud, sólo se puede esperar algo a cambio de ímprobos esfuerzos. Aprecio el que están desarrollando algunos amescoanos, pero pienso que tal vez no sea suficiente: le falta al valle el peso específico y la masa crítica que aporta la población y la juventud. Y cuando falta juventud, la madurez sólo busca tranquilidad para acabar en paz sus días, de lo cual se aprovechan otros. Todos los navarros nos consideramos con derecho al aprovechamiento de las sierras de Urbasa y Andía; pero ahora parece que la Administración considera que hay navarros que tienen más derecho que los nacidos y criados a su sombra. Miremos los proyectos de desarrollo del parque natural y se comprenderá por qué lo digo. ¡Todos los navarros! ¿Pero se debe interpretar literalmente esta afirmación? Cada vez cobra más fuerza el origen de este derecho: cuando en un principio Navarra era lo que se llamó "la Navarra vieja", era comprensible que el derecho al disfrute de esas sierras correspondiera a "todos" los habitantes de los valles meridionales que estaban a su vera, por ser sólo ellos los que respondían a esa denominación de "navarros"; pero cuando el nombre de Navarra se extendió a todo el Reyno, parece que al nombre se asoció el derecho. Hay un dato curioso que abunda en ello: oí decir a mi padre que toda Navarra tenía derecho al disfrute de las sierras, a excepción de la ciudad de Estella. Y esta excepción se puede comprender fácilmente: en los primeros siglos de su fundación, Estella, habitada por francos, era una ciudad que poco tenía que ver con su entorno. Situada en el límite de esa "vieja" Navarra, y ajena a ella, no debe de extrañar que no tuviera derecho al usufructo de los bienes comunales que correspondían a su entorno rural.

Las sierras de Urbasa y Andía, jurídica, eclesial y administrativamente siempre han pertenecido a la merindad de Estella. Los pueblos de Tierra Estella que mugan con ellas son los únicos que introducen sus términos municipales en la plataforma serrana. El Monte Limitaciones, propiedad indivisa de las Améscoas, con sus 57.668 robadas está en su totalidad en el interior de la sierra, llegando en su extremo occidental hasta casi el escarpe desde el que se divisa la Burunda (así, la defensa de sus bienes privativos se asociaba a la defensa del Reyno) Cuando en el siglo XVII Diego Ramírez de Baquedano obtuvo el título de marqués de San Martín y, ante la oposición del pueblo y el dinero que éste tuvo que dar a la Corona, tuvo que trocarlo por el marquesado de Andía, erigió su palacio en el corazón de la sierra, como queriendo decir que por su título y condición de amescoano tenía un derecho especial sobre la misma. Y si algo conocemos de las sierras, es gracias a amescoanos como Luciano Lapuente, Emilio Redondo y algún otro que en estos momentos no recuerdo su nombre. Espero que en base a esos títulos y a la cohesión territorial que tanto se reclama en otros ámbitos, el desarrollo del parque se haga, también, pensando en el desarrollo del valle.


Iglesia de San Martín. León y hombre armado
Iglesia de San Martín. León y hombre armado.

De la oscuridad de los tiempos nos llegan datos difíciles de interpretar. En la última visita que José Mª Satrústegui hizo a Estella, con motivo de la presentación de un libro sobre toponomástica (fui buscando al profesor y encontré al político), le pregunté por el nombre del río Urederra. Me dijo que era un nombre "transparente" que no admitía ninguna duda sobre su antigüedad y autenticidad. No me dejó satisfecha esta simpleza: todos los nombres vascos que tienen una gran "transparencia" son bastante recientes. Entonces, era la intuición la que me decía que ese nombre no debía de tener gran antigüedad; recientemente he leído doctas opiniones que sostienen que el nombre antiguo del río era el de Ínzura (lugar pantanoso), con el que hoy se conoce la barrancada por la que discurre su cauce, y que la primera vez que se escribió la palabra Urederra fue el 1357. Si el río que procede de Contrasta, en unos textos se le denomina Uyarra, en otros Biarra, y algún otro nombre que he llegado a leer, especulándose que el significado del nombre sea "Ur Txarra" por el hecho de que al llegar a Eulate se infiltra en el terreno, ¿el nombre Urederra puede ser una excepción?

Hablando de nombres y aparentes incongruencias, llama la atención que el nombre del valle, documentado desde 1007, proceda de Ametz (quejigo), cuando este árbol sólo se da en la parte del mismo que coincide con los escarpes que acompañan al Urederra a la salida del valle, mientras que en el interior abunda el roble atlántico (Aritz) y el haya (Pago, o Fago, según zonas) Todo apunta que el nombre se origino en esa zona, coincidente con el solar del antiguo poblado de Amescoazarra, hace siglos desaparecido, y que desde ella se extendió hasta abarcarlo en su totalidad. Eulate, situado en lo que allí denominan "las aldayas", tiene un nombre cuyo significado se me escapa: puerto o puerta de Eul, parece decir, ¿pero que es Eul? En la merindad de Pamplona existe el señorío de Eulza. En nuestra merindad, los pueblos de Eulz y Eraul. Queda la duda para cuando pueda consultar la obra de Luis Michelena.

Por estas perdidas montañas también anduvieron los romanos. Se han encontrado restos en Gastiain, Contrasta y Larraona. Y en cuanto a los nombres, Baquedano, Baríndano y Goyano tienen la terminación -ano, de origen latino. Puede ser, como algunos piensan, que Goi-ano signifique "El fundus de arriba"; que (I)bar-ind-ano signifique "el fundus de la vega"... Y en cuanto a Baquedano, dejo para otros su significado. Pasando de romanos, hay quien piensa que el nombre de Ecala (único pueblo en el que vimos perros; siendo expulsados de mala manera por uno de ellos mientras con poca convicción y menos autoridad una adolescente le llamaba ¡Yaki!, ¡Yaki! ¿cuándo se darán cuenta algunos, que también en los pueblos deben estar atados?) procede del arameo Ekal (Templo), que según algunos los árabes dieron a Vasconia (Aya-Ekal = provincia del Templo) No creo que tenga esto ningún sentido, y puestos a elucubrar, con mayor base considero que el nombre de Urbasa (bosque húmedo, o bosque de agua), en su origen, sólo se dio a la zona pantanosa del raso de la sierra, la cual en su totalidad se llamó Andía (de aundía = la grande) Hoy, esa agua que le dio nombre, como consecuencia de las canalizaciones que hace varias décadas se efectuaron para ganar superficie de pastos, no permanece en la superficie, limita la capacidad de retención de la sierra, y hace mucho más variable el caudal del río.

Los relacionados con los orígenes y la lengua, son temas para los que nunca habrá luz suficiente - y menos ahora, que casi todo se interpreta en clave política-, quedando para siempre ocultos en las profundidades de la historia interesantes datos sobre nuestros antepasados y su circunstancia. Sea como sea, las Améscoas son un valle próximo a Estella, más bien poco conocido, cuya visita aconsejo, e invito a que la lectura de la obra de Lapuente y Caro Baroja ayude a comprenderlo. Como estellés, lo considero una parte de mí mismo, al igual que todos los pueblos que forman nuestra tierra, y sus aciertos y fracasos los siento como propios.

ARRIBA © 2003-2005 Javier Hermoso de Mendoza