Javier Hermoso de Mendoza
Javier Hermoso de Mendoza
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Nota: apuntes del viaje a Compostela de los Amigos del Camino de Santiago de Estella durante el puente del Pilar. Tres fotografías del autor de estas letras fueron incluidas en la crónica preparada por la revista Calle Mayor.

PEREGRINACIÓN A SANTIAGO

Escuchando la misa de 12 en la catedral de Santiago, cuando el canónigo oficiante nombró en primer lugar a los Amigos del Camino de Santiago de Estella, reconociendo su labor pionera en la peregrinación moderna, sin cuya iniciativa probablemente el fenómeno jacobeo que se da en la actualidad no existiría, el espíritu de los estelleses que allí estábamos se elevo por el aire como si fuera el humo del botafumeiro. No habíamos ido buscando el reconocimiento, sino la peregrinación que nos pusiera a los pies del Santo en este Año Santo Compostelano, pero las palabras del canónigo nos vinieron muy bien y fueron un acto de reconocimiento para con aquellos estelleses que en la década de los 60 del pasado siglo sentaron las bases del renacer de la peregrinación, y para los que hoy en día mantienen vivo su espíritu y la asociación.

Hicimos un viaje completo, recorriendo de hito en hito el Camino Francés, y entregando a todas las asociaciones con las que establecimos contacto, y a todos los guías que con todo lujo de detalle nos mostraron la historia y el significado de los principales monumentos, un libro sobre Estella, un pañuelo rojo en el que se reproduce bordado en oro el escudo de la ciudad, y sendas insignias de la ciudad y de la asociación, para que así tuvieran un recuerdo de la peregrinación estellesa.

San Juan de Ortega, con el capitel de la Anunciación que el sol ilumina en el solsticio de primavera; Burgos, con su grandiosa catedral gótica, y cuya ciudad, anterior a la nuestra, no conserva apenas vestigios del románico en que se construyeron sus primeros monumentos; las ruinas del convento de San Antón en Castrogeriz, lleno de Taus y símbolos extraños, cuyo hospitalario tiene alquilado y ofrece cobijo a 12 peregrinos, como antaño lo hicieran los monjes antonianos, en cuyas casas de Castrogeriz y Olite se dedicaban a curar a base de buen pan de trigo, naranjas y verduras a quienes padecían la dolorosa enfermedad medieval conocida como "Fuego de San Antón"; San Zoilo de Carrión de los Condes, cuya visita tuvimos que acortar forzados por el viento y la lluvia; Sahagún, etapa en la ida y en la vuelta, y que a pesar de ello -o quizá por ello- quedó como el gran desconocido; León, con su catedral, miniatura en piedra y gigante en vidrio, en claro contraste con San Isidoro; cruzar el Passo Honroso para llegar más tarde a Astorga, capital maragata que se sostiene a base de embutidos, mantecadas y de un chocolate recientemente recuperado; una piedrica más al pie de la Cruz de Ferro, antes de llegar a Ponferrada, en algunos aspectos, antes y ahora, parecida a nuestra Estella; más lluvia, la cual nos impidió disfrutar del tipismo y del paisaje de O´ Cebreiro, en cuya iglesia descansa aquel cura, de nombre Elías Valiña, que durante un tiempo cogió el testigo que los Amigos de Estella habían dejado casi abandonado; Portomarín, hospitalaria hasta para con el bolso que Pedrín olvidó en el puente; Monte do Gozo, cuyo gozo acaba en un pozo porque alguien se ha empeñado en ocultar la imagen con una cortina de pinos y eucaliptos; y, al fin, Santiago, que con sus más de 14 millones de visitantes y 38.000 universitarios para una población de unas 100.000 personas, dejó, para quién piense en el futuro de Estella, abundantes motivos de reflexión.

ARRIBA © 2003-2005 Javier Hermoso de Mendoza