Javier Hermoso de Mendoza
Javier Hermoso de Mendoza
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¿UN ENTERRAMIENTO JUDIO ADOSADO AL SANTO SEPULCRO?

A principios de los años 60 se levantó el tejado de la iglesia del Santo Sepulcro, colocándose una nueva cubierta de viguetillas prefabricadas y bloques de hormigón. Fueron obras realizadas sin ningún cuidado ni respeto al monumento, a causa de las cuales los capiteles del arco ciego situado a la derecha de la fachada sufrieron daños irreparables.

Recuerdo, cuando ya mocico, a caballo o en carro pasaba por la calle Curtidores para ir a trabajar en una finca que hoy yace bajo el asfalto de la variante, haber visto cómo los obreros apilaban los bloques de cemento bajo el arco ciego de la fachada, y, sin ningún miramiento, bloque va, bloque viene, a golpes se llevaban las cabezas, los miembros, y cuanto detalle resaltaba en los capiteles historiados. Aquel hecho quedó grabado en mi memoria como la primera de las destrucciones -sin provecho y sin sentido- que a lo largo de mi vida he presenciado o conocido.


Santo Sepulcro, vista posterior.
Santo Sepulcro, vista posterior.

Pocos años mas tarde, hacia el año 73, otras obras intentaron corregir lo más feo y llamativo de esa desafortunada actuación. Se colocó el alero de madera que hoy conserva el templo, se limpiaron las escorreduras y pegotes de cemento que habían quedado adheridas a las dos esculturas que flanquean la monumental puerta abocinada, y al renovar el solado del templo aparecieron algunas tumbas entre la tierra sagrada.

Pero no voy a hablar de estas tumbas, sino de la anónima y colectiva que fue destruida. Adosado a la fábrica de la iglesia, en la zona del coro, había un pequeño patio cerrado cuyo suelo se elevaba varios metros sobre el de la iglesia. Con objeto de sanearla, se decidió rebajarlo, y al retirar las tierras hallaron más de un centenar de esqueletos formando círculos en capas superpuestas. Situadas las cabezas en el centro y los cuerpos en posición radial, todos ellos estaban boca abajo y sus cabezas descansaban sobre escudillas de barro cocido. Algunas escudillas se llevaron los Capuchinos para datar su fecha, y el resto de los materiales, huesos y tierras mezclados, se vertieron en el barranco que de la yesera bajaba a la Chantona, el cual, colmatado de escombros da base a las fincas que se sitúan a la derecha de la calle Monasterio de Irache, según se sube al Palacio de Luquin.

No conozco en profundidad las costumbres medievales, pero ese enterramiento circular, con escudilla bajo la cabeza, tiene que tener un significado concreto y especial que sospecho puede tener relación con el asalto a la Judería el sábado 1 de marzo de 1328, en cuyo caso esos esqueletos podrían ser los restos de los numerosos judíos asesinados por el fanatismo, la envidia y la ignorancia en aquel negro momento de nuestra historia local. Como carezco de conocimientos, medios y tiempo para confirmar o desmentir esta intuición, ofrezco los datos para que puedan ser valorados en la Semana Sefardí que desde hace diez años se celebra en nuestra ciudad.

Nota: esta colaboración se publicó en Calle Mayor nº 221, el 13/09/01

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