Javier Hermoso de Mendoza
Javier Hermoso de Mendoza
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Nota: de estos apuntes de viaje, la primera parte fue publicada en el nº 266 de la revista Calle Mayor, correspondiente al mes de julio de 2003.

CUADERNO DE VIAJE POR TIERRAS ZAMORANAS (I)

Las cerca de veinte iglesias románicas de Zamora caben en un dedal. De tamaño no superior a nuestra Santa María, y alguna de ellas bastante más pequeña que nuestra Rocamador, visitando su belleza parece que entras en un mundo que quedó detenido allá por los siglos XIII y XIV sin que le afectara la evolución de estilos que desde aquellos años se han venido sucediendo. En alguna de ellas, unos arcos perpiaños que por liviandad o falta de recursos soportan techados de madera, y que han permitido pasar de las tres originales a la nave actual, o la fea y neoclásica fachada oeste de su catedral - edificio de tamaño parecido a nuestra parroquia de San Juan-, son los únicos elementos que desentonan del románico puro y coqueto de que están hechas las iglesias zamoranas.

En cada una de ellas, una mesa con unos dípticos ilustrativos del arte del templo y de información que el turista agradece, se antepone a una persona que escuchando la radio con auriculares, leyendo o haciendo crucigramas, espera al visitante que sin pagar un sólo euro y en amplio horario puede contemplar el templo. Es un convenio entre obispado, ayuntamiento y diputación el que permite su apertura, en una experiencia que se va ampliando a la totalidad de las iglesias y que merece ser imitada. Allí donde aún no ha llegado el dinero del convenio, la misa diaria de las ocho permite visitarlas, contando, en ocasiones, con la inapreciable colaboración de sacerdotes que muestran orgullosos la iglesia, los tesoros de la sacristía (San Ildefonso), o un cepillo formado por un cilindro de piedra parcialmente vaciado y cerrado por tapa y herrajes de forja, ante el que no puedes sustraer la tentación de echar dos euros, y que rato después, por hallar elementos gemelos en otros templos, te das cuenta de que no es pieza única. En otra iglesia (Sancti Spiritus), un grupito de personas está sentada a su vera, y junto a ellas, un señor que podría estar jubilado se separa, retrocediendo al ver que nos acercamos mirando el templo. Es su párroco, que, en vez de retirarse a descansar, abre sus puertas y nos lo enseña sin omitir el huerto que sólo tiene valor funcional para las actividades de la parroquia. Salimos, mientras otro turista rezagado se asoma y entra para que el generoso cura pueda hacer su tercer turno como cicerone.

Visitar las iglesias durante la celebración de la eucaristía resulta violento. En San Claudio de Olivares, una de las más bonitas, situada fora portas junto a las aceñas del Duero, cuatro mujeres y dos hombres participan del sacrificio. Es tan coqueta, que nos sentamos a esperar el final de la santa misa. Entonces, un monaguillo cojitranco que pasa de los cincuenta y aparenta no tener más luces que el panel de las ofrendas, coge dos dípticos y nos los da. Rato después, mientras comemos una cazuelica de chorizo asado -especialidad de la casa- que por su abundancia apenas podemos terminar, lo vemos con su torcido caminar, acompañado de un perro, por uno de los paseos peatonales que acompañan al río a su paso por la ciudad.

Son paseos rústicos, pero cuidados, que permiten disfrutar del río y caminar a su vera lejos del tráfico y el ruido. Nos acordamos del abandono en que se encuentran los márgenes de nuestro Ega, y lo penoso que hasta para pescadores avezados es acercarse a la orilla que ha dividido la nueva pasarela. La joya del río son sus aceñas, y el que llaman "puente de piedra" para distinguirlo del cajón metálico corrido que al estilo del que se hundió en Puente la Reina denominan "puente de hierro". Este puente de piedra, al otro lado del río, en el barrio Cabañales, tiene un monumento conmemorativo que nos recuerda las obras de restauración que un prestigioso ingeniero dirigió a principios del siglo XX. Como suele ser habitual, se ensalza y homenajea al autor de la reforma que se llevó por delante todos los vestigios medievales y renacentistas que poseía el puente, dejando, por necesidad imperiosa, sólo sus arcos de piedra.

Zamora, la Medina Zamorati de los árabes, está llena de esculturas de lo más variadas. En una plazuela recoleta, un busto de bronce rematado en una de aquellas tocas voladoras que llevaban las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl, nos recuerda a una tal hermana Idoate que seguramente sería paisana nuestra. En otras plazas, son esculturas dedicadas a los mozorros, a Viriato y a tantos otros motivos, que lucen su mayor o menor arte sin una sola pintada. Se ve que hasta allí no ha llegado el "Sito" que, como sucede con los tontos, va dejando su firma por todas las paredes de nuestra Estella. No es cuestión de pobreza ni de riqueza; más bien se debe a la poca educación con que criamos a nuestros alevines, y a la dejadez con la que se ha permitido que nuestra ciudad sea un anti-ejemplo de limpieza vertical y horizontal, mientras reímos la maldita gracia de esos adolescentes que maculan nuestro patrimonio.

Todo monumento zamorano tiene a varios metros de distancia un prisma biselado en el que constan las características del edificio, retazos de su historia o detalle de sus elementos característicos, así como un plano de su planta. Todos ellos, prístinos e inmaculados, sin pintada alguna. Pero como de todo hay en la viña del señor, en una calle del centro, cerca del Ayuntamiento, una vecina esquila un gran perro lanudo cuyos pelos deposita en una caja de cartón.

Hablando de ejemplos negativos, Benavente, en plena Tierra de Campos, ofrece una imagen deplorable: suciedad en las calles, edificios de viviendas que en sustitución de los antiguos están destruyendo la ciudad, y pintadas a porrillo. De la mugre y el mal olor no se escapa ni el parador. Cuando bajamos por su trasera para buscar una instantánea de su torreón original, la suciedad, el abandono y un nauseabundo olor no nos abandona.

Esperamos a las ocho para entrar en la iglesia de Santa María del Azoque, con planta de tres naves, crucero de seis tramos y cabecera de cinco ábsides, en cuya pared interior, junto a la entrada, hay pintado un gran mural en el que destaca un gigantesco cuerpo de hombre, y abajo, entre sus piernas, surge una ninfa con unas tetas redondas que asemejan medios cocos, la cual cruza un brazo sobre el vientre y con el otro se mesa el cabello. El exterior de esta iglesia lleva grabada en los sillares multitud de leyendas, fruto de modas aparentemente ilustradas de hace más de cien años, y junto a la puerta principal aún puede leerse el nombre de José Antonio Primo de Ribera. Lo que nos extraña es que el nombre del fundador de la Falange no esté repintado y más claro, porque en esta mediana ciudad de Tierra de Campos abundan las calles dedicadas a militares y políticos relacionados con la guerra civil, dando a entender que la suciedad y el abandono también están relacionados con el color político de quién lleva varias décadas gobernando.

Por esas fechas celebraba Benavente sus fiestas. Poco ambiente en la calle durante la tarde; algunas cuadrillas de adolescentes con blusas, y en las tiendas camisa y pantalón blanco adornado con pañuelo y cinto rojo, que originario de Estella, a través de los Sanfermines se ha convertido en el atuendo festivo de casi toda España. Camino del parador, en la escasa decena de puestos de feriantes vemos las únicas personas de origen no europeo que debe de haber en toda la provincia. Hay carteles en los escaparates, y en ellos leo "Fiesta del Toro Enamorado". Y quedo tan convencido de tan simpática denominación, hasta que hablando con un vecino me doy cuenta que la fiesta no es del toro enamorado, sino del "toro enmaromado". Esta visto que, a veces, enamoramiento y atontamiento van unidos.

CUADERNO DE VIAJE POR TIERRAS ZAMORANAS (II)

Benavente no tiene nada que ver con Toro, Zamora, La Puebla de Sanabria o Tordesillas, que también visitamos. En Benavente, salvo las iglesias, nada hay reseñable. En Zamora, abundan en los edificios privados los arcos rebajados de estilo "carpanel", mientras que en Toro se suceden sin solución de continuidad los arcos de medio punto con gigantescas dovelas enmarcadas en grandes alfizes. Es bonita Toro, con su caserío dominando sobre la vega en la que se divisa un puente que en la parte inferior de sus arcos contiene un azud del que se derivan los canales que la riegan. Su soberbia colegiata, con una arquivolta en la que se reproducen todos los instrumentos musicales conocidos en la época; su fachada interior policromada en la que las esculturas tienen un aire un tanto infantil; y su cimborrio con doble fila de arquillos, enamora. Tiene, también, una esbelta torre, que llaman del reloj, y que fue construida en el XVIII para albergar tan útil instrumento de medir el tiempo. Es una torre mucho más alta y esbelta que la que con el mismo fin levantaron en Ayerbe (Huesca). La iglesia mudéjar de San Lorenzo el Real es la única en la que tenemos que pagar para contemplar su interior.

En Toro hay mayor riqueza en edificios civiles que en la capital, la cual parece que quedó congelada pasando casi toda la nobleza a la ciudad toresana. De ella nos fuimos sin comer, porque, estando en viaje de regreso, allí donde preguntamos no servían hasta la una y media o las dos. Nosotros no hacemos turismo gastronómico, y cualquier comida o tentempié nos sirve para satisfacer esa necesidad fisiológica. Quizá por esa escasa afición no vimos en Zamora plato típico ni restaurante que mereciera la pena.

Duero significa "de oro", lo que se aprecia mejor en el nombre portugués "d´ouro". Y en Miranda do Douro comimos en el parador, caldo verde y una ternera que nos la sacaron en tiras y pecaba un poco de sal. Sea por ese motivo o por el cambio de alimentación, la mayor parte de los días pasamos una sed horrorosa. Hacía calor; mucho. Pero nosotros, que habitualmente bebemos menos agua que un hotentote en el Kalahari, no pudimos saciar la sed hasta que en El Puente de Sanabria, en "El Ministro", comimos una ensalada y una buena chuleta de ternera regada con un ribeiro. Primero preguntamos por los tintos de Toro a temperatura ambiente, pero recelando que estuvieran demasiado calientes, pedimos el ribeiro. La camarera nos advirtió que lo tenían frío. Claro, le dije, y cuando sacó la botella y empezamos a servirnos en las copas de agua que había en la mesa, se rió y comentó algo que no llegamos a entender. Era una camarera muy seria, pero por un motivo u otro en todas las mesas dejaba una sonrisa que correspondimos con una propina.

Ese tempo lento, detenido, que se aprecia en las iglesias zamoranas, alcanza también otros ámbitos. A la hostelería parece que no ha llegado la especulación del euro. En Miranda do Douro, por dos cafés y un botellín de agua servidos en una mesa al pié de la muralla, nos cobraron dos euros. En Zamora, en la plaza Mayor, sentados en un velador al anochecer, el café no rebasaba el euro. Y en La Puebla de Sanabria, en el restaurante "La Trucha", por dos cafés y un bollito de Martínez nos cobraron dos euros. Los precios no están tan baratos donde llegan los organismos oficiales. Pagar 18 euros por persona para dar un paseo por los Arribes del Duero en el barco-aula del organismo de cooperación transfronteriza, nos pareció excesivo. Navegando vimos menos aves que las que estamos habituados a ver en los alrededores de Estella, y mientras que aquí casi puedes tocar decenas de buitres volando en círculos, allí sólo veías una o dos siluetas perdidas en la inmensidad del cielo. Eso sí, navegando por los Arribes, y con un poco de imaginación, te podías sentir como un vikingo por los fiordos noruegos.

En Miranda do Douro tienen una iglesia como puedes encontrar muchas en Galicia, en la que se puede ver un altarcito muy curioso: en una vitrina hay una figura juvenil de cuerpo entero, rodeada de infinidad de ropajes y objetos a su medida, y ataviada con sobrero y traje tradicional portugués de principios del pasado siglo. En sus calles abundan las tiendas en las que se puede comprar los juegos de cama típicos de Portugal que tanto atraen a los españoles. Nosotros, hace años compramos un juego en Elvás, y no pudimos usarlo porque parece que al pasar la frontera encogió la franela. A la brasileña que nos sirvió los cafés preguntamos por el camino de Braganza. Llamó a un lugareño, quien nos explicó la mejor ruta. No le hicimos caso, y a trancas y barrancas pudimos llegar a la ciudad de la que procede la última dinastía portuguesa. Tiene un castillo, visible desde cualquier lugar y rodeado de muralla, que está muy bien. No pudimos entrar en él, porque en su interior hay un museo del Ejercito que a esas horas estaba cerrado, pero disfrutamos paseando por el recinto y por el adarve de la muralla, así como visitando el edificio de origen romano en el que se reunía el regimiento de la población. Dentro de los muros de su pentágono irregular, en la planta superior, rodeada de un banco de piedra adosado al muro, se sentaba el ayuntamiento; en la planta semisótano, un aljibe recogía las aguas de lluvia para que pudieran beber los habitantes del castillo.

Ya en España, en medio de la carretera encontramos una gasolinera y pagamos con visa sin que nos requirieran documentación alguna. De regreso, a la salida de Burgos paramos a repostar en la gasolinera que hay camino de La Pedraja. Enseñé la visa y DNI de mi esposa, que había quedado en el coche, y el empleado me dijo que el documento no se correspondía con mi persona. Enseñe mi documento y, claro, este no se correspondía con la visa de mi esposa. Saqué una visa que la máquina rechazó por caducada, y sólo con mi DNI y mi clave pude pagar el repostaje. Todo ese circo, para poder pagar: no volveremos a parar en esa gasolinera. El repostaje del cuerpo lo hicimos en Belorado, en un bar atestado de hombres maduritos que bebían los vientos de una joven camarera. Dudo mucho que el propietario, allí presente, le pague en proporción al beneficio que le reporta. En el bar nos contaron del vecino que pegaba a su mujer y tirado de la ventana por sus hijos, justificó su caída diciendo que había perdido el equilibrio al tender la ropa.

La ida, la hicimos rápida. Tanto, que al llegar al hotel el conserje se extrañó de nuestra pronta presencia. Contratado por teléfono horas antes, nos alojamos en la Hostería Real de Zamora, seleccionada entre las que por Internet ofrece la guía CAMPSA. El edificio, antiguo y con un bonito patio en cuyo centro hay un brocal de pozo, está muy bien situado y es de fácil acceso. Desde la ventana podíamos contemplar el puente de piedra. Decorada con profusión de reproducciones de cuadros antiguos, en la puerta de la escalera colgaba una hoja con el menú del día. El primer día llegamos hacia las tres de la tarde. El segundo salimos de viaje, y al ver que en los siguientes permanecía colgado el mismo menú, en broma le decía a mi esposa: bajaremos a comer cuando vuelva el cocinero y quiten los espárragos con mahonesa que figura como segunda opción del primer plato. Al visitar el parador situado en el palacio de los Condes de Alba de Aliste, nos sentimos como en casa. Entre otras, en su patio lucían las armas del que lo levanto: una banda transversada orlada por las cadenas que un Mendoza consiguió en la batalla de las Navas de Tolosa, allá por el lejano 1212.

Algunas calles tienen nombres que evocan nuestro pocico (Rua de los Notarios, Rua de los Francos), y en la calle Balborraz una niña revoltosa enfada a su madre. No seas azogue, le dice. ¿Haber si te voy a abanicar el culo? La niña se para, sin darse cuenta que con tanto calor cualquier abanicado es bueno. Mas abajo, un seiscientos con la pintura impecable es motivo para sacarle una foto a mi esposa.

CUADERNO DE VIAJE POR TIERRAS ZAMORANAS (III)

Los campos de los alrededores zamoranos -tierra roja salpicada de encinos-, son bellos, y allá por Villalcampo vallan los campos de una forma muy curiosa: lajas verticales más o menos separadas, y entre ellas piedra menuda colocada formando pared. Por esos campos, a través de una malísimo carretil llegamos a San Pedro de la Nave, junto a cuya iglesia un señor nos vendió un kilo de cerezas no sin antes señalarnos a distancia el huerto del que pocas horas antes las había cogido. Esta iglesia es una joya del siglo VII; una de las iglesias más antiguas de España, y que merece la pena visitar. Todo en ella es importante, la planta, que combina la cruz griega con la planta basilical; la fábrica, con sillares y dovelas asentadas a hueso, sin argamasa; los capiteles, entre los que destaca el Sacrificio de Isaac, y que en plan de broma aseguré que se trataba de un peluquero intentando cortar el cabello a un joven; las columnas y los frisos. Trasladada desde el pueblo homónimo a las afueras de Campillo cuando se construyo el pantano de Ricobayo, ha dado vida a un lugar de lo más pobre.

En el interior de la iglesia, la cuidadora ocasional mece un niño de pocos meses. Preguntamos por el nombre de la criatura y nos responde que se llama Naiara. Qué modernos sois poniendo nombres, le decimos. Dudé entre Naiara y Leire, nos contesta, y si hubiera sido niño le hubiera puesto Urko. Los nombres vascos me gustan, recalca. Si se entera el del bigote que hasta los campos zamoranos no llega el odio que destila hacia lo vasco, le da un síncope, pensamos.

El turismo es interactivo. Los españoles viajamos a Portugal, y los portugueses a España. El lago de Sanabria estaba plagado de portugueses que aprovechaban el calor del día para bañarse, y daban a sus pequeñas playas un toque de costa brava sin olas. Nosotros, que fuimos desprovistos de bañador, nos contentamos con introducir los pies en el agua y observar como los pececitos nadaban sobre ellos. La Puebla es un lugar bonito, con casas señoriales y tejados de pizarra. Entre ellas parecen rivalizar por construir los balcones más salientes. De su iglesia sólo pudimos ver la fachada, en cuya puerta abocinada las columnas tienen adosados dos toscos personajes barbados, así como un rey paticorto y una reina.

Por tierras zamoranas dejamos tema abundante para ver en mejor ocasión, y aunque casi todo fue grato y bonito, les haré una confesión: cuando viajamos le suelo decir a mi esposa: quieres que compremos aquí un chalet. Y la respuesta a la broma siempre es la misma: no cambio Estella por ninguna otra parte del mundo. Aunque nos gustaría verla mejorar día a día, y poder trasladar a nuestro choco ideas y detalles interesantes que en otros lugares se aplican.

Llegada la hora del regreso, al viaje le faltaba algo. La última tarde de nuestra estancia, estábamos recorriendo una vez más las calles zamoranas, cuando nos desviamos a una zona más moderna y nos sentamos en una terraza. Pedimos dos cañas y nos obsequiaron con un plato de frutos secos. A nuestra izquierda había dos familias de aspecto un tanto progre, y a nuestra izquierda otras personas que hablaban de nombres propios griegos y romanos, así como de sus frecuentes vistas a las pousadas de Cascáis, en la costa lisboeta. Los teníamos a nuestra espalda, y en ningún momento volvimos la cara hacia ellos, por lo que desconocemos su número y su género. Nos levantamos, y llevábamos caminados unos cuantos metros cuando una voz femenina llama nuestra atención y nos pregunta: ¿sois de Estella? ¡Hombre!, Tú eres Lola, le digo al reconocerla. Sí, os he visto levantar y me ha parecido reconocerte, por lo que he venido a preguntaros. Nos dijo que desde hace veintitantos años vivía allá, y que sin ningún vinculo humano especial había hecho de aquella ciudad su residencia. Fue el detalle que nos faltaba para confirmar ese dicho de "allá donde vas, un estellés verás".

ARRIBA © 2003-2005 Javier Hermoso de Mendoza