Javier Hermoso de Mendoza
Javier Hermoso de Mendoza
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LAS OREJAS DEL LOBO

Este año el comercio de Estella está alarmado. La subida que ha arrastrado la introducción del euro, así como el endeudamiento familiar, han hecho que el consumidor disponga de menos recursos y, en consecuencia, se retraiga. A estas circunstancias de carácter nacional debemos sumar en Navarra el efecto que sobre los hábitos de consumo están creando los grandes centros comerciales, las normas que se quieren implantar sobre horarios comerciales y, en Estella, la escasa adaptación de la ciudad a las exigencias del consumidor. Tal cúmulo de circunstancias ha hecho que el comercio estellés haya visto las orejas de un lobo que, próximo al corral, se dispone a devorarlo. Pero estas dificultades no han surgido por generación espontánea: se veían llegar, y aunque repetidamente yo lo había advertido, hasta ahora el comercio ha cerrado los ojos y se ha dejado llevar por una bonanza coyuntural o por el deseo de no molestar a los que en cada momento mandaban en el Ayuntamiento.

El 21 de junio de 1989, Navarra Hoy recogía la noticia de un informe que presenté en el ayuntamiento, en el cual proponía "la creación de unos aparcamientos" destinados a residentes y, en rotación, a visitantes, "con capacidad para 565 plazas [subterráneas], a las que habría que agregar 260 plazas en superficie", para lo que proponía la "colaboración de los comerciantes" y señalaba distintas fórmulas, desde la "reserva de plazas para clientes" de los establecimientos colaboradores, "hasta la entrega de bonos [a los compradores] en función de la compra realizada". Continuaba señalando, que "para que Estella siga prestando los servicios de cabeza de merindad y comarca -circunstancia en la cual reside gran parte de su supervivencia como ciudad-, debe ofrecer una infraestructura y unos servicios suficientes, cómodos y adecuados a tal fin, [acabando] con el alarmante déficit de aparcamientos que padece la ciudad, lo que representa la mayor dificultad para su desarrollo como plaza comercial, turística y de servicios". También presenté un boceto de elaboración propia, la oferta de análisis de una empresa especializada, e informes sobre el parque automovilístico de Estella y su comarca más próxima.

En enero del 90 la comisión de Urbanismo aceptó mi propuesta, y después de muchas vicisitudes fue informada por Hacienda. El 8 de mayo de 1990, recogía DDN cómo, a una pregunta de Peio Cía, el presidente de la comisión de Hacienda contestó que "la razón por la que el expediente seguía [sin ser informado], no era otro que el de ahorrar al ayuntamiento un dinero que de lo contrario se perdería, [pues] había datos suficientes que demostraban la inviabilidad de una obra de esas características".

En agosto del 90 recogía Navarra Hoy unas declaraciones de la Alcaldesa en las que afirmaba que se había "encargado un estudio para la elaboración de un proyecto de aparcamiento subterráneo (...) Un compromiso sobre el que cabe expresar un natural escepticismo -decía el periodista-, ya que en esta materia la actual corporación ha demostrado con creces su falta de habilidad política para ofrecer una solución". Este encargo dio lugar a una propuesta que, resumiendo, consistía en hacer lo que años después hizo Castejón, y cuyas razones y justificación aún estoy esperando: regalar el terreno en beneficio de unos pocos, hipotecando para siempre el mejor solar de la ciudad, e impidiendo que el problema del aparcamiento encuentre su solución natural.

Por mi parte, esta propuesta fue contestada con un amplio análisis que próximamente colgaré en mi página web. En él señalaba que "la existencia del vehículo particular y familiar ha impuesto una dinámica distinta y muy acelerada, que se complementa con el atractivo del comercio en grandes superficies (Hiper) y la agresividad y oferta de las importantes plazas regionales de Pamplona y Logroño" Y seguía: "fruto de esta nueva dinámica es la reducción del área comercial estellesa y la creación de nuevos hábitos de compra, lo que unido a la acelerada y progresiva reducción demográfica de la comarca y la pérdida de una buena parte del empleo industrial de la ciudad, señalan un porvenir poco halagüeño".

Necesitado de apoyo busqué el de los comerciantes, con cuya junta me reuní. Les expuse mi opinión sobre las dificultades futuras que tendrían que encarar; les di mis recetas y propuestas; les pedí apoyo, y... hasta ahora. Se ve que en aquellos momentos no veían el problema que se les avecinaba, o considerando que yo estaba políticamente en horas bajas (poco después sufrí un paripé de expediente del que nada más se supo, pero que sirvió para que Rosa López, inducida por Castejón, me destituyera como presidente de la comisión de Urbanismo, removiendo así el obstáculo que les impedía conchabarse a su antojo), no les pareció políticamente correcto darme su apoyo. El comercio también guardó silencio cuando se levantó la plaza de los Fueros y, en vez de hacer un aparcamiento, el alcalde acordó con HB la construcción de la infrautilizada sala multiusos, o cuando se consumó el desastre del aparcamiento subterráneo de la Estación.

El 16 y el 29 de noviembre de 2000 me publicaron sendas colaboraciones sobre el comercio en DDN. El 7 de febrero de 2001, otra en la que relacionaba el acceso al hospital con el comercio, y repetidamente he escrito, y he hablado en la radio, sobre la necesidad de adaptar la apertura del comercio a los nuevos hábitos del consumidor, y de habilitar para aparcamiento el único y último solar adecuado: el Cuartel. Con este mensaje y copia de mis escritos en la mano peregriné por la presidencia y algún otro miembro de la Junta de Comerciantes, sin que ninguno de ellos me haya dado la menor satisfacción, ni hasta hace poco haya visto en ellos preocupación alguna. En junio del pasado año hice lo mismo, y con igual resultado, exponiendo a un joven miembro de la Junta de Comerciantes el problema de Iranzu. Por eso, después de tanta incomprensión, me alegro de la actual reacción del comercio, les animo a seguir adelante, y les ofrezco, una vez más, mi desinteresado apoyo.

Reiteradamente me he quejado del abandono político en que se encuentra Tierra Estella. Es sintomático que, atendiendo las quejas del comercio pamplonés -de las cuales se hizo eco la oposición parlamentaria-, la Ley Navarra de Comercio sólo tenga efectos sobre los proyectos existentes en la comarca pamplonesa, mientras la merindad de Estella no se ve afectada por su moratoria ni sus limitaciones, a pesar de que, como señaló la Cámara de Comercio en su informe sobre el centro comercial que se está construyendo en Viana, este centro se puede llevar por delante todo el comercio de la merindad, dejando a La Morea en mera anécdota -añado yo.

Debido a la relativa dificultad de acceso, la gente mayor no se sentirá muy atraída por La Morea, pero el área comercial de Las Cañas, en Viana, a pié de la autovía y a las puertas de Logroño, será otro cantar. Si hasta nuestra alcaldesa es cliente de la capital riojana, ¿quién va a sustraerse a su influjo cuando tiene que optar por las comodidades de esa zona o por los aparcamientos de Estella?

Desde que se elaboró el estudio sobre el comercio estellés, nuestra ciudad ha perdido casi veinte años. Pero esta realidad no debe llevarnos a tirar la toalla: hay que reaccionar y considerar que, para el futuro del comercio, el resultado de las elecciones de mayo será vital. Es necesario, en primer lugar, que el Ayuntamiento tome conciencia y dé solución al grave problema de los aparcamientos y, en segundo lugar, con iniciativas comerciales y culturales, y en colaboración con la Asociación de Comerciantes, promocione Estella como destino comercial y turístico. Hay que acabar con la actual situación, en la que los sábados por la tarde está la ciudad vacía de peatones, con muchos sectores comerciales cerrados, mientras numerosos ciudadanos y comarcanos se desplazan a Pamplona, Logroño o Calahorra. Ante estas situaciones, en las que nos jugamos el futuro de alguno de nuestros sectores, el objetivo de nuestros munícipes no debe ser el llevar una administración de Caja, procurando gastar lo mínimo, sino arriesgarse con inversiones meditadas y osadas. En los pueblos debe pasar como en las familias: ningún padre espera pasivamente el desenlace de una grave enfermedad en la familia, no acudiendo al hospital por temor a gastar y endeudarse. El mismo comportamiento debemos esperar del Ayuntamiento ante el gasto que representa dar servicio a uno de los sectores en crisis de la ciudad. ¿De qué nos sirve ahorrar si el comercio se va a pique? ¿De qué sirve escatimar en inversiones si la consecuencia es una ciudad más empobrecida y en regresión?

Nota: esta colaboración se publicó el 7 de febrero de 2003 en la revista Calle Mayor.

ARRIBA © 2003-2005 Javier Hermoso de Mendoza